domingo, 13 de febrero de 2022

Ineptitud por Edison Delgado Yepez

 neptitud por Sam Scholl

INEPTITUD
Por las noches, Pulido era testigo de la presencia de un gigantesco zorro que se introducía en la planta y de inmediato reportó aquel suceso.
En una ocasión, una obrera guapísima, que se parecía a la actriz Olivia Newton John, se hirió en un dedo de donde salía abundante sangre. Como no había en aquella planta un botiquín, Pulido se le acercó a la chica y le dijo que el mejor coagulante que existía sobre la tierra era la saliva humana, luego le cogió el dedo y se lo llevó a la boca y ahí se lo chupó con fuerza como si le estuviera chupando los pezones a la chica, y ella, asombrada sentía como una especie de excitación y anodadamiento. Un caracoleo en su vientre que cada vez aumentaba de intensidad, la obligó a decirle al guardia que pare. ¡Qué ya estaba bien!, que la herida ya no sangraba.
Después de aquel incidente, lo cambiaron a una planta de químicos que tenía unos siete borregos y, encerrada en una empalizada de madera, una venadita preñada. Todas las mañanas Pulido tenía que coger una manguera y limpiar las bolitas de mierda, que los borregos dejaban esparcidas en la entrada de la oficina. Sus compañeros de trabajo siempre lo veían sentado en medio de la madrugada leyendo una novela de Francis Scott Fiztgerald, titulada: EL PRECIO ERA MUY ALTO, y se preguntaban qué clase de guardia era este Pulido, que se pasaba casi todo el tiempo leyendo y leyendo.
A Pulido siempre le tocaba hacer guardia por las noches y en una ocasión escuchó que la venadita daba quejidos y reportó por teléfono que el animalito estaba teniendo contracciones.
De inmediato lo trasladaron a Pulido a hacer guardia a un gimnasio que estaba siendo remodelado. Sus turnos eran nocturnos, por lo que nunca veía a una linda chica, en traje de gimnasia haciendo aeróbicos o practicando TAE BOX. Una noche fue visitado por una chica que decía llamarse Gigi, que venía vestida con un traje de mariposa muy llamativo, y que quería ver el gimnasio, luego se fue de conversadera con Pulido y al final le suplicó que se dejara practicar el sexo oral. Después quería que Joey se lo metiera por la nalga, y cuando Pulido terminó, Gigi se volteó y Pulido pudo ver un flaco y disminuido penecito y se dio cuenta que Gigi había resultado ser un bello, casi una mujer y afeminado transexual.
El tiempo transcurría despacio, las horas eran eternas y Pulido reflexionaba sobre su futuro. Tenía que hacer algo con este don de la literatura que ¿Dios? le había dado, ¿qué iba a hacer de su vida?
Pulido recordó aquella vez en que caminando en el desierto de Engabao, con dos días sin comer, tuvo una gigantesca visión en la que el cielo se abría de par en par para luego dejar salir, de entre las nubes celestes, una gigantesca mano derecha-la mano de Dios-, que con poderosas y estentóreas palabras le decía:
- Tú tienes que escribir todo esto que has vivido...tú tienes la misión de escribir todo esto que has visto...
Luego vio en el celeste cielo, lleno de nubes, aparecer las palabras de la Biblia que decían:
Y TODO EL QUE NO SE HALLO INSCRITO EN EL LIBRO DE LA VIDA FUE ARROJADO AL LAGO DE FUEGO
Entonces, decidió que iba a volver a reescribir su tesis de bachiller titulada: LA REBELIÓN CONTRA OCCIDENTE, -que trataba sobre las terribles consecuencias que sufriría Latinoamérica por apartarse de la amistad y protección de Estados Unidos-, y sus otros manuscritos como: DEMOCRACIA Y LIBERTAD y LA FILOSOFIA CAPUCCINO y lo publicaría todo en un solo tomo. ¿Pero de dónde sacaría los fondos para pagar la imprenta? Todas estas angustias le daban vueltas y más vueltas en la cabeza a Pulido y no sabía qué hacer. Se desesperaba y llenaba de confusión. En las noches que tenía libre, volvía una y otra vez a revisar sus escritos, los encontraba llenos de imperfecciones, errores ideológicos, le faltaban muchas dosis de lógica y no se decidía a dar por concluida la tarea.
Un día lo despidieron de su trabajo de guardia por dormilón y era la verdad. A Pulido lo habían colocado para hacer guardia en la esquina del edificio COSTA BELLA, en todo el centro de Salinas, y por las noches era testigo del montón de ratas que salían de las alcantarillas para corretear por todas partes, incluso debajo de sus pies, también fue testigo de la gigantesca procesión de fe católica de miles de feligreses por un miércoles de ceniza. Pero el turno de noche, de doce horas, fue demasiado para él y un día dejó botado el puesto y se fue a dormir a su casa. Cuando llegó, se bañó, pero de todas maneras no pudo dormir, pensando en las consecuencias de su deserción.
Ahora que estaba sin trabajo, se dedicaba por entero a terminar de escribir su manuscrito político que se titularía: DEMOCRACIA & LIBERTAD.
Cuando terminó de escribir a máquina, el documento parecía y tenía el grosor de una guía telefónica, y de inmediato empezó a buscar una imprenta que le apoyara. Al final del largo camino, encontró una que le cobraría 600 dólares por imprimir trescientos ejemplares. Ahora Pulido tenía que buscar la forma de financiar la publicación de su libro, su gran testamento político.
Entonces, una noche salinera, mientras escuchaba la canción TAKE IT EASY de los EAGLES, recordó sus primeros días como vendedor y se volvió al ropero de su padre, y de ahí sacó un terno gris, con el que lo habían elegido vicepresidente de la facultad de filosofía de la universidad, pero aquel traje ya no le quedaba. Entonces fue a la casa de su primo Eddie, y le pidió un terno viejo, que ya no usara y al ponérselo, se dio cuenta de que le quedó bien aquel terno café.
Con aquel traje, empezó a visitar los locales comerciales de Salinas y pronto se dio cuenta, que aún quedaba algo de la magia del viejo Pulido y pronto comenzó a conseguir auspicios de 50 y 100 dólares a cambio de logotipos en la contraportada de sus trescientos libros.
Pulido visitaba restaurants de comida cruda japonesa, patios de venta de vehículos, academias de modelos, salas de masaje, bares de streap tease, almacenes de muebles, peluquerías, pistas de patinaje, supermercados, cafés, pizzerías, discotecas y hasta talleres automotrices.
En una ocasión, una chica guapísima, llamada Gabriela, hija del dueño de un almacén de venta de muebles, quiso leer el tremendo manuscrito, titulado: DEMOCRACIA & LIBERTAD, antes de decidirse por apoyarlo con un auspicio, y Joey se quedó halagado e impresionado. Pulido la invitó a tomar un café y ahí le entregó el gigantesco manuscrito. Después de dos semanas, Gabriela lo llamó a la casa y se volvieron a citar en aquel café Sweet & Coffee y ni bien ella lo vio acercarse, se le abalanzó a los brazos y le preguntó si quería hacer el amor con ella...
De inmediato Pulido se la llevó a un hotel del centro de la ciudad y ahí, entre sábanas sudadas por el calor, se amaron tierna y apasionadamente hasta las ocho de la noche. Gabriela le susurraba a Pulido en el oído:
- Amorcito, culéame, amorcito, sí, sí, así, que soy toda tuya, desde hoy y para siempre.
Pero después de eso nunca más la volvió a ver. El almacén de muebles cerró y Pulido nunca más supo dónde volver a encontrar a aquella deliciosa chica.
Cada vez que Pulido conseguía un auspicio, corría a la imprenta y lo entregaba al dueño que lo depositaba en una cajita metálica, y luego, pedía un recibo, para entregarlo al cliente, cuyo logotipo iría en la contraportada de los libros.
Un día, que había conseguido un auspicio de 100 dólares, comprendió que había financiado sus trescientos ejemplares de DEMOCRACIA & LIBERTAD y se sintió completamente saturado de felicidad. DEMOCRACIA & LIBERTAD estaría dedicada a la memoria de su amante Doris, una de las primeras víctimas del SIDA a inicios de los 80’s.
La portada de su libro sería una foto antigua del malecón de una Salinas que ya no existía, con casas de madera e iluminada románticamente con velas.
En la imprenta, todo el ambiente estaba saturado de una loca excitación, que le daba a la oficina la atmósfera de un manicomio. La guapa secretaria hablaba y hablaba por teléfono mientras tipeaba y tipeaba en la computadora realizando sin ganas el levantamiento del texto.
Cuando el trabajo estuvo impreso, el dueño de la imprenta colocó a un entenado de nacionalidad venezolana a intercalar las hojas para darle forma al libro. Este muchacho se pasaba las horas intercalando las hojas con la velocidad del rayo, pero también no desaprovechaba ni un segundo para burlarse del contenido del libro de Pulido. A veces se detenía y leía un párrafo en particular y todos los miembros de la imprenta se reían a mandíbula batiente de los textos jocosos que había escrito Pulido. Luego llegaba el hermano del dueño de la imprenta, justo a la hora del almuerzo y siempre traía un paquete de mortadela con limón y una cola familiar. Invariablemente, todos le caían encima y devoraban hasta el último pedazo de mortadela.
En aquella temporada, una de las hijas del dueño de la imprenta, se había metido de bailarina en un grupo de chicas que cantaban, y se discutía con bastante acaloramiento sobre las dimensiones del escote del traje de las chicas para que no revelasen demasiado las tetas de las bailarinas, y Pulido ya harto de escuchar tanto moralismo, le dijo al padre de la chica:
- ¿Por qué no, mejor, las visten con trajes de monjas?
Y el dueño de la imprenta le respondió:
- Tú no te metas, que son las tetas de mi hija, no las de tu hija.
Y luego, se partieron de la risa.
Pulido trabajaba en la imprenta, ayudando en el levantamiento de texto, en la intercalación de las páginas, en la corrección final de las pruebas y lo supervisaba todo con un entusiasmo incansable. El tiempo se hacia interminable, y Joey no sabía cuándo estarían listos sus libros para empezar a venderlos. En cambio en casa era otra historia. Su familia ahora sí creía que Pulido se había vuelto loco. ¿Un libro sobre política que contenía poemas eróticos? Seguramente se trataba de una chifladura. Su padre aprovechaba la oportunidad para hablarle, cuando encontraba a su hijo solo con sus pensamientos y preocupaciones, y le preguntaba lleno de ansiedad:
- ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
Y Pulido invariablemente le contestaba lleno de impaciencia:
- Sí, papá, déjame en paz, ¿quieres? Pronto tendremos algo de dinero con la venta de los libros, ¿sí?
Finalmente llegó el día en que los trescientos ejemplares estaban listos para ser cortados. Pero pronto Joey se dio cuenta que sus libros, colocados en las vitrinas de las librerías, no se venderían, así que salió en las noches a las calles de Salinas –como cuando salió a pedir caridad por la anemia perniciosa de Penélope-, a vender sus libros y pronto ocurrió ¿el milagro?, DEMOCRACIA & LIBERTAD se vendía como pan caliente. Era un libro del tamaño de un cuarto y gordito, porque tenía trescientas doce páginas.
La gente y los turistas lo compraban como un recuerdo turístico y como una novedad, pero no sabían que estaban comprando el trabajo de un hombre desesperado que había sufrido más de treinta años para poder escribirlo. A algunas personas les llamaba la atención el análisis político de grandes vuelos intelectuales, al estilo de Octavio Paz, Mariano Grondona y Henry Kissinger. Otros, en especial las mujeres adolescentes, sentían cierta predilección por los poemas eróticos, y los comunistas no terminaban de entender, cómo un autor de extrema derecha, pedía a gritos y con tanta vehemencia, el desbloqueo de Cuba, hasta afirmar:
que la decisión de Robert MacNamara de bloquear Cuba, durante la presidencia de John Fitzgerald Kenndy, era como haber arrojado una bomba nuclear sobre LA HABANA.
Nadie en Latinoamérica comprende el porqué se la bloquea a Cuba, mientras que a Vietnam se le permite el libre flujo del comercio. Al final de cuentas Fidel Castro es un líder de la talla de un Ho Chi Min o de un autoritario Charles De Gaulle.
La venta de DEMOCRACIA & LIBERTAD fue un éxito nocturno, y cada noche, Pulido regresaba a casa con veinte dólares en el bolsillo, que invariablemente se los entregaba, lleno de felicidad a Penélope. Hubo, incluso, un amigo de Pulido, que le giró un cheque de cincuenta dólares por un ejemplar. Penélope y sus dos hijos, bailaban de felicidad, y los tres saltaban sobre la cama. Su padre estaba confundido, enredado su pensamiento, en una mezcla de felicidad y orgullo. Su madre, pequeño burguesa y más práctica, era completamente indiferente a todo aquel barullo de alegría por la literatura de su hijo, porque sólo eran trescientos libros, y cuándo los ejemplares se acabaren, ¿qué haría su pobre hijo?, ¿encontraría otro trabajo?
Incluso un amigo de Pulido le organizó el lanzamiento de DEMOCRACIA & LIBERTAD, en un bar bohemio para intelectuales y todo fue de maravilla. Pulido logró sacar sesenta dólares aquella noche.
A la mañana siguiente Joey se levantó con una seria molestia en el pecho. No podía respirar con tranquilidad, sudaba frío, era como si tuviera una obstrucción en los pulmones, le dolía el corazón y el brazo izquierdo. Penélope se lo llevó a una fundación médica de los mormones, para que le sacaran una radiografía de los pulmones y del corazón, y ahí, en aquella fundación, le dijeron, casi como una severa advertencia, que tenía que dejar de fumar tabaco no sólo porque era un pecado contra Dios, sino porque Joey se estaba matando.

Ineptitud por Edison Delgado Yepez (Sam Scholl(

 INEPTITUD por Sam Scholl

INEPTITUD
Una vez más la esperanza quedaba destruida para la esposa de Pulido. Volvía a ganar la decepción, el desprecio, el cansancio, que esperaba la tan ansiada como inalcanzable estabilidad laboral, y otra vez Joey se veía rodeado por la desesperanza y la angustia que provoca el desempleo, y por la cada vez más creciente certeza de que era un bueno para nada. Penélope estaba harta, harta de la inestabilidad laboral de Pulido y siempre le decía:
- Estando bien te encanta buscar el mal. Eres demasiado bueno con todo el mundo. No siempre tienes que decir sí a todo. ¿Qué vamos a hacer?, ¿siempre viviremos así, dependiendo de tus padres para todo?, ¿cuándo vas a cambiar de actitud?, por qué no lees la Biblia o el libro de Mormón?
Y Pulido le respondía desesperado:
- ¡Ya los he leído!, ya los he leído y no encuentro nada ahí, que me ayude. Simplemente no puedo creer en algo que choca tan de frente con mi lógica.
Y Penélope le insistía:
- ¡Tu lógica!, ¡tu lógica!, ¿y si eres tan lógico, porqué tu lógica no funciona para conseguir un trabajo y mantenerte tranquilamente en el?, ¡por favor dime el porqué, ¡de veras quiero entenderte!
Y Pulido no sabía qué responderle a su esposa. ¿Tendría que hablarle de la persecución de P2 Inteligencia Naval?, ¿le creería su esposa o volvería a tener miedo de estar casada con un esposo chiflado?
Después de discutir, Pulido se quedó en el patio, fumando un último cigarrillo, mientras escuchaba en la radio la canción de Cliff Richard: We don’t talk anymore.
Nuevamente, en el hogar de los Pulido, se dieron las conocidas escenas de enfrentamientos y amargos reproches por la falta de dinero y futuro.
Para rematar, en el nuevo trabajo de Penélope, el Gerente de crédito la había colocado bajo el mando de un serrano, que odiaba a las mujeres. Este serrano de mierda, hijo de la gran zorra, llamado Valencia, odiaba a las mujeres y ni siquiera respetaba a las embarazadas. Disfrutaba entorpeciendo el trabajo de Penélope y haciendo todo lo posible por sacarla de sus casillas. Todas las mujeres de la oficina lo odiaban por sus abusos, torpezas y encima le tenían más colerín por ser serrano y por su vergonzosa manera de hablar. Ya llevaba viviendo años en Salinas y a propósito conservaba ese ridículo acento de gente primitiva del altiplano. Pero nadie podía sacarlo a patadas de la oficina porque –de manera inexplicable-, contaba con el apoyo del Gerente y dueño de la compañía. A veces, Penélope se encerraba en el baño a llorar y desde ahí lo llamaba a Pulido a quejarse amargamente de las estupideces que cometía este primitivo ser del altiplano.
Toda la familia de Pulido, de una o de otra manera había sido siempre perjudicada por algún serrano de mierda.
Su padre tenía un enemigo jurado en la Junta de Beneficencia, que, por supuesto era serrano, la madre de Pulido, que había trabajado de secretaria en un colegio, tenía como enemiga mortal a una serrana que la hostigaba y le hacía la vida imposible. Era una costumbre bien marcada de esta raza de mierda, el venir acá al Guayas a joder la vida a los locales, pero otra cosa era cuando los costeños iban a tratar de vivir en la sierra, ahí, sí, se complotaban y les hacían la vida imposible para que se vayan. Lo mismo ocurría en las Fuerzas Armadas, donde los altos mandos militares sólo eran ocupados por serranos.
Pulido escuchaba los sollozos de su esposa y comía mierda, se mordía la mano y rabiaba de impotencia. Un día ya harto, pidió permiso en el trabajo y fue a hablar con el Gerente lameculos de serranos que protegía a ese inútil bastardo y le contó todas las quejas que su esposa y las compañeras de trabajo le habían comunicado.
Y de manera inexplicable el Gerente se ponía a defender y a neutralizar los ataques de Pulido. Y en un momento le dijo que si Penélope tenía tanto problema en trabajar con Valencia, que él podía darle un tiempo de vacación sin sueldo para que ella ponga en orden sus pensamientos ¡y decida!, si quería seguir en la oficina.
Esto fue el colmo, Pulido, no pudo contenerse más y estalló:
- ¡Pero es que acaso usted no ha escuchado o no entiende todo lo que le acabo de decir!, el problema en esta oficina es ese energúmeno que usted apadrina, no mi esposa. Fíjese lo que pasa, en este preciso momento tengo información de que el otro día ha pasado en la cárcel por manejar borracho, qué clase de Gerente es usted que tiene en su organización un elemento que perturba tan gravemente y descompone el ambiente de trabajo. Ni siquiera a las mujeres embarazadas las respeta. El otro día la trató tan mal a una compañera de Penélope, que estaba embarazada, que hasta le provocó leves contracciones...
Y el Gerente, todo aturdido por el escándalo que Pulido le estaba empezando a formar le dijo:
- ¡Mejor no hablemos de eso!
- ¡Pero entonces haga algo con ese individuo!, o lo hace usted o créame que cojo un bate de béisbol y le muelo los huesos de la cabeza a ese mal nacido hijo de la gran zorra.
En ese punto el Gerente se puso de pié y lo invitó a Pulido a salir de la oficina.
Mientras tanto los niños estaban creciendo y el resto de la familia se preocupaba por la clase de ejemplo que iban a tener, con un padre siempre desempleado. Muchas veces Joey tenía que ir a la casa de la tía Hilda a pedir dinero prestado para comprar las medicinas que necesitaban sus hijos enfermos con fuertes gripes o fiebres inexplicables, que seguramente eran provocadas por las armas secretas e indetectables de P2 Inteligencia Naval. En una ocasión que Pulido estaba leyendo un libro que describía las perspectivas futuras de la diplomacia estadinense, sintió que le burbujeaban los riñones, otras veces sentía que le latía y le dolía la cabeza de tal manera como si estuviera a punto de estallar.
Pulido subía y bajaba la loma de su casa, como tantas otras veces, fumando rabiosamente mil cigarrillos, y por las noches, seguía tecleando sus poemas en su máquina de escribir, hasta que llegaba la aurora del nuevo día. Durante este tiempo –entre poema y poema erótico-, escribió un manuscrito titulado: LA FILOSOFIA CAPUCCINO, que trataba sobre la política internacional de los Estados Unidos en Latinoamérica, señalando sus graves falencias para lograr hacer de América Latina su mejor aliado. Pulido se preguntaba cuánto ganaban los agentes de la CIA, porque parecía que trabajaban para los enemigos de los Estados Unidos, en vez de conseguir su objetivo de una América Latina unida compactamente al gran imperio del Norte.
Una mañana, mientras bajaba la loma de su barrio, se topó con un viejo amigo llamado Lucho Lacho, que le preguntó si tenía trabajo y si no, que si le gustaría trabajar de guardia de seguridad. Pulido no se lo pensó dos veces, y de inmediato empezó la gestión de reunir todos los papeles, garantías y recomendaciones necesarias para ocupar una plaza como guardia de seguridad en el Puerto.
Pronto le dieron el uniforme más grande que tenían y un par de botas, porque ya Pulido contaba con cuarenta años, y la hinchazón hacía presa de su cuerpo. Al principio, el uso de las botas torturaba los talones de Pulido, tanto, tanto, que en un momento de la guardia, durante la noche, Joey tuvo que sacárselas para que sus pies descansaran un poco. Tuvo mucha suerte de que nadie se percatara de aquel acto. Aunque todo el perímetro estaba rodeado de cámaras que vigilaban el menor movimiento en el Puerto.
Pulido tenía que laborar en turnos rotativos, tres días, de siete a tres de la tarde, tres días, de tres de la tarde a once de la noche, y tres días de once de la noche hasta las siete de la mañana. Este último turno era el más pesado, que casi lo tumbaba a Pulido. A veces Joey se quedaba dormido, de pie, con la escopeta del calibre doce en el hombro, y se despertaba, sólo cuando ya estaba a pocos metros del suelo, pronto a estamparse de cara contra el piso.
En aquel trabajo duró casi todo un año y fue el primer contacto que tuvo Pulido con la verdadera corrupción. Pronto, Joey se dio cuenta de que todos los “bodicitos”, querían hacer guardia en las puertas de ingreso al puerto, y cuando, casualmente le tocó hacer guardia en una de aquellas puertas, se dio cuenta de que la causa de tanta fiebre por aquellos puestos, era que todo el mundo quería ingresar al puerto de manera ilegal, ya sea para vender mercaderías, para entrar polizontes, las prostitutas para tirar con los tripulantes, los choferes de camiones sin permiso, todo el mundo quería entrar al puerto de manera ilegal. Esto hacía que cada tipo le pusiera en la mano, al guardia, unas cuantas monedas o hasta un buen billete, y Pulido se dio cuenta, que al final de la jornada de trabajo, tenía los sucres necesarios para irlos a cambiar en la agencia de banco más cercana por seis billetes de dólar. Ese era el motivo por el que todos los guardias luchaban con la secretaria, para que los deje trabajar una puerta. También ese era el motivo por el que la vida laboral de los guardias era de un máximo de tres meses. Pulido se percató, de que la mejor manera de permanecer en aquel suculento trabajo, era tratar de pasar desapercibido, sin joder a nadie, ni pelearse con nadie por trabajar una puerta. Eso sí, cuando le tocaba, le tocaba, y Pulido se iba a su casa con seis o diez dólares en su bolsillo.
De esta manera, pronto Pulido estaba al día en las pensiones del colegio de Danni y del jardín del pequeño Joey, jr y su esposa estaba la mar de contenta con el dinero que a manos llenas le daba su esposo.
Incluso, Pulido le puso un profesor de matemáticas al pequeño Danni, para que éste no tuviera el mismo problema de su padre, que siempre había sido una nulidad en las matemáticas, desde la preparatoria. Joey recordaba, que a finales de curso, la monjita les tomaba a todos los niños, delante de los padres de familia, pruebas de lógica matemática como: ¿cuánto es dos más siete, menos ocho, más trece, dividido por tres, más cuatro, más ocho, menos seis?
Y en una ocasión que le preguntó la respuesta a Pulido, éste de pura coincidencia dijo:
- Cinco...
Y esa había resultado ser la respuesta correcta, pero Pulido la había adivinado de puro chiripazo. Al principio la monjita no se dio cuenta, pero cuando volvió a realizar otra prueba de lógica matemática y le pidió a Joey la respuesta, que nuevamente le dijo que era cinco, ella se percató con una mezcla de resignación y decepción, que la respuesta anterior había sido producto de la casualidad.
Joey se sentía orgulloso de la capacidad intelectual de su primogénito. El chico estudiaba en el colegio hasta las tres y media de la tarde, y de ahí, recibía al profesor de matemáticas, que le ayudaba a realizar las tareas y le explicaba el misterio esotérico de los números, hasta que se desocupaban a las seis de la tarde. Definitivamente las generaciones futuras siempre son más inteligentes, ¿pero en realidad lo son?
Pulido recordó un pensamiento de William Faulkner sobre los niños que decía:
LOS NIÑOS SON MUCHO MAS PSÍQUICOS QUE LOS ADULTOS. UNA PARTE MUCHO MAYOR DE LA VIDA DE UN NIÑO QUE LO QUE CREE LA GENTE TRANSCURRE EN SU MENTE.
Joey siempre le decía al niño:
- ¡Mira que somos pobres!, ¡no tenemos nada más que una pequeña villa dónde vivir!, las acciones de banco que te iba a heredar, ya no sirven porque el banco quebró, ¡no puedes darte el lujo de ir a la escuela a jugar y perder el tiempo!, ¡estudia matemáticas y ortografía para que algún día, cuando ya no estemos tu madre y yo, puedas mantenerte, mantener la casa y ayudes a tu hermano!, ¡a tu hermano lo tienes que querer y cuidar como si fuera tu hijo!, ¡por favor, escúchame!
Una mañana de un lunes, en un arranque de loca religiosidad, Pulido llevó a los dos niños a una ceremonia religiosa, previamente acordada con el sacerdote y consagró sus hijos a la protección de San Vicente Ferrer. Ahí se estuvo parado, durante toda la ceremonia, viendo cómo el sacerdote le echaba agua bendita a los niños y pronunciaba toda la liturgia de rigor.
No sabía qué hacer para asegurar el futuro de sus hijos. El futuro de sus hijos estaría en peligro cuando sus padres murieran y Pulido no tuviera más ayuda. ¿Cómo les pagaría los estudios?, ¿cómo los enviaría a la universidad?
Cada noche antes de dormir se acostaba con ellos y les leía la historia de Sansón en la Biblia, en el libro de los jueces. Otras veces les leía los poemas de Piedad Romo-Leroux G., en especial uno que decía:
ERES SOLO UN CAPULLO
Dedo por dedo, con calor humano,
Tanteando en el temblor de blanda arcilla
He agarrado tu mano con mi mano.
Y es que en este contacto solo quiero,
A través de manera tan sencilla
Transmitirte vigor cual firme acerol.
Tu equilibrio en vaivén se torna grave,
Vértigo, indecisión, torpe maroma
Y la hierba te acoge verde y suave.
Tu cuerpo en crecimiento de capullo,
Lleno de timidez pálido asoma
Meciéndose en el aire con mi arrullo
Mientras tanto, Pulido tenía que madrugar todos los días para ir al Puerto, y dejarse pasar lista, para luego conocer el punto que le tocaba vigilar. A veces lo mandaban a la oficina para permanecer sentado con aire acondicionado, registrando en una bitácora a todos los que ingresaban al edificio principal, y contestar el teléfono, y otras veces, lo mandaban a los quintos infiernos, lugares lejanos de toda la civilización, repletos de mosquitos. Sentado ahí en el despacho de entrada, a veces sintonizaba la radio católica y se ponía a escuchar el programa de oraciones y letanías que repetían una y otra vez las amadas oraciones de Pulido desde su niñez. Pulido era ateo, pero tenía profundas raíces católicas. Su madre, todas las noches, antes de acostarlo, se arrodillaba junto a él y oraban el Padre nuestro frente a una imagen del corazón de Jesús. Todas aquellas melancólicas reminiscencias se interrumpían cuando sonaba el teléfono y al otro lado de la línea se escuchaba la voz de un transexual que le buscaba la conversación a Pulido para hablar de sexo y de futuros encuentros homosexuales. Pulido se divertía con el gay, hablándole toda clase de suciedades que exaltaban la pasión de su interlocutor. Cuando Pulido se aburría se despedía de la loca y colgaba el teléfono.
A veces, cuando estaba libre, se dirigía al templo dedicado a San Vicente Ferrer y luego de encenderle una vela por cada miembro de su familia, echaba una moneda en el oratorio de metal, se arrodillaba dolorosamente y se ponía a pedirle, fervientemente a la imagen del Santo, la necesaria protección para un tipo como él, sin futuro y totalmente desamparado. Y la protección funcionaba. Muchas veces Pulido se salvó de ser pillado dormido en la guardia y en otra ocasión se salvó de que unos pandilleros le quitaran y le robaran el arma, una escopeta calibre doce.

Ineptitud por Edison Delgado Yepez

 INEPTITUD por Sam Scholl

Pulido se reía a carcajadas junto con el chofer basuquero, Bigotín, de los horrores que decía el bodeguero, y a veces creía, que había entrado a trabajar en una especie de circo de monstruos, uno más raro y esquizoide que el otro. Pero él no era un angelito tampoco, aunque no sabía por qué tenía que ver, con dolorosa resignación, cómo permitía que el jefe de bodega-cuando ya entró en confianza con él- le llamara de manera dulce y posesiva,“mi maricón”, mientras le agarraba la rodilla. La mayor responsabilidad del bodeguero consistía en guardar las uñas de acero que usaban los taladros para demoler.
Una vez le dieron la responsabilidad de manejar el pequeño camión de la compañía para ir a arreglar un asunto a ECUAIRE, y pronto Pulido se arrepintió de aquello, porque a aquel vehículo le fallaban los frenos, y el pedal se iba hasta el fondo, sin que Joey lograra disminuir la velocidad del artefacto. Esto le ocurrió mientras bajaba una loma, y la desesperación en el rostro de Pulido finalmente se reflejó en el grito que dio su tío Walter, que iba sentado junto a él:
- ¡Mejor oríllate que nos vamos a matar!
Luego, pasado el susto, ambos se mataron de risa y siempre recordarían aquel desenfrenado episodio. Pulido no dejaba de recordar lo peligroso que era estar al volante de un vehículo. Siempre recordaba la anécdota de su amigo Flychi. En una ocasión Flychi, que era un diestro piloto de avionetas, mientras manejaba su camioneta sin balde, trató de rebasar en curva un camión, y se percató de que iba a ser irremediablemente embestido por un gigantesco transporte interprovincial, por lo que, con los reflejos de un gato, se lanzó al pequeño hueco de los pies del pasajero de al lado, y aunque todo el vehículo quedó hecho chicle y fierros retorcidos, él se salvó, quedando completamente ileso. Aunque le dijo a Pulido:
- ¡Pucha, brother, sentí que todo el cerebro se me revolvía como gelatina del impacto!
Su tío Walter siempre estaba alerta, vigilando los menores movimientos de su sobrino. En una ocasión, tuvieron un benévolo cruce de palabras, cuando Pulido insistía en aumentar la cantidad de dinamita que había que colocar en los agujeros de la pared de una cantera, para volar despacio y sistemáticamente el pedazo de roca que necesitaban. Pulido decía:
- ¡Pero tío!, ¿por qué no quieres acelerar las detonaciones con más dinamita?
- ¡No!, porque después vas a volar por los cielos con dinamita y todo...
Y luego, venía impostergablemente, el ataque de risa, aunque Pulido, más que resentir, no entendía la falta de confianza de su equipo de trabajo en cada una de las cosas que él hacía. Con el tiempo, Pulido había perdido la fuerza de luchar por sus convicciones hasta lograr convencer o imponer sus puntos de vista. Ahora, simplemente, había decidido dejar de interpretar el papel de guía o autoridad y se sometía sin chistar a las decisiones de los demás. Siempre se quedaba callado cuando lo repelaban, simplemente no respondía ni pretendía que entendieran sus puntos de vista. La verdad es que Pulido estaba cansado de tanta imperfección en la naturaleza humana de los demás: la injusticia, la mezquindad, la ignorancia, el orgullo, el cinismo, el complejo de inferioridad o el orgullo sobredimensionado...
Todos los días, Pulido tenía que madrugar, coger la radio colocada dentro del cargador, y trasladarse en bus para llegar a tiempo al campamento, que quedaba atrás de un colegio militar. Pulido siempre llegaba, cuando los chicos estaban marchando y escuchaba el invariable y aburrido: quier, dos, tres, cuatro de los sargentos.
En una ocasión su primo llegó primero al campamento y desde ahí lo llamó por la radio a Pulido, preguntándole su ubicación y Pulido –que ya venía en camino, pronto a llegar-, le mintió para sacárselo de encima y le dijo que ya estaba ahí y cuando realmente llegó su primo lo sorprendió in fraganti y lo puteó largo y tendido por mentirle.
Cuando llegaba por la mañana, lo primero que Pulido hacía era caminar hasta el hueco de un muro, que limitaba una invasión, caminar por un sendero de tierra, con ríos de aguas negras y nauseabundas, y desayunarse, a base de pan y cola, en una pequeña despensa, que regularmente era atendida por una joven pareja de pobres esposos. Ella lucía una barriga de preñez de seis meses y él era delgado, con aspecto de campesino emigrado a la ciudad. Tenían un hijo pequeño, que todavía no pronunciaba bien las palabras, y Pulido lo llamaba, exagerando el tono de voz:
- ¡Hola CRIATUUUURAAA!
Y el pequeño que se endiablaba rápidamente le contestaba:
- AAAATTTTUUUURRRA...
Todas las mañanas era la misma rutina, y tanto la madre como el padre, se divertían a mandíbula batiente, de la forma en que reaccionaba su pequeño hijo ante las provocaciones infantiles de Pulido.
Luego, asistía a la pequeña comedia, que el chofer ejecutaba al tratar de limpiar aquel grasoso y desastrado camioncito con unas gotas de agua y un trapo sucio. Aquel chofer siempre manejaba el camioncito con la misma prisa paranoica con que maneja el chofer de un blindado repleto de billetes.
De esa manera emprendían la larga jornada de trabajo. Había que pasar por una gasolinera, donde la compañía tenía crédito y comprar el diesel para el día. Aquí, regularmente se facturaba un poco más de lo que se entregaba y el despachador de combustible entregaba un suelto, en efectivo, que se utilizaba para invitar a todos los operadores de rompedoras a desayunar un rico encebollado. En el mundo de la construcción todos robaban con la facturación del combustible. Y lo mismo ocurría con el combustible de las obras públicas.
A veces, la compañía era contratada para demoler algún pedazo de obra, que había sido mal realizada, y los muchachos provistos de guantes y de tapones para los oídos, empezaban a ejecutar la tarea con el subsiguiente estruendo. Pulido aunque supervisaba de lejos y no usaba tapones, pronto se dio cuenta de la necesidad de usarlos porque se estaba quedando sordo.
En aquel trabajo, Pulido aprendió a manejar a grandes velocidades, porque su primo le dio la consigna de manejar una gran camioneta para transportar personal o hacer diferentes diligencias, y Joey manejaba aquella camioneta por las autopistas a unas velocidades inauditas. Pero la mala suerte lo tenía agarrado a Pulido de las pelotas, y como los tubos de las llantas, de aquella camioneta, eran viejos, constantemente se reventaban por el efecto de las armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval, y Pulido tenía que informar por radio a su primo, que se había quedado botado, tubo abajo, en tal o cual lugar, y su primo furioso le decía:
- Tienes mucha mala suerte...deberías hacerte una limpia, hacerte pasar un huevo o bañarte con azúcar.
En una ocasión, tuvieron que ir a romper el piso de un congelador en STARKIST, y Pulido no resistía el nocivo polvillo que se desprendía del suelo completamente helado. Los trabajadores se quejaban de que no pasaba mucho tiempo sin que le dolieran los huesos por el frío y que a pesar de las mascarillas que usaban el polvillo los asfixiaba.
A Pulido le tocaba vigilar la operación, hasta la hora del almuerzo, entonces los obreros se tomaban la pausa para comer.
Entonces, escuchaba los comentarios sexuales y machistas de estos tipos, en los que, por lo general, hablaban de encuentros peligrosos en bares de streap tease, con pico de botella en mano y de grandes proezas sexuales.
Estos operadores de las máquinas siempre andaban escasos de dinero y aprovechaban cada ocasión para pedirle dinero adelantado al ingeniero Juan Carlos y él, cabreado, e impaciente, les respondía con sarcasmo:
- ¡Ya les voy a poner en el campamento una máquina para que ustedes introduzcan una corcholata y a cambio la máquina les escupa un billete de dólar!
En una ocasión, Pulido y sus chicos tuvieron que ir a trabajar a ANDEC y mientras Joey supervisaba las tareas, un oficial de la marina, seguramente algún funcionario de P2 Inteligencia Naval, estaba allí, parado, mirando a Pulido fijamente, como queriendo llamar su atención o como si no se decidiera a dirigirle la palabra.
En una ocasión, les tocó ir a trabajar a la Molinera, para demoler un viejo muelle, pero había la consigna de conservar las estructuras de hierro que servían de esqueleto a las losas. Era todo un lío tratar de entrar los compresores con las mangueras hidráulicas, hasta el muelle en cuestión y supervisar su demolición. Pulido veía con admiración con qué equilibrio los obreros se paraban en las resbalosas y desnudas vigas de cemento, mientras demolían las losas, y todo esto sin perder el equilibrio y caer al agua. Pulido no se atrevía a meterse a caminar entre esas vigas. Simplemente no tenía el equilibrio para eso.
Pulido estaba entonces obligado a utilizar un casco de obrero, y en las horas de la comida se llenaba las tripas con el encebollado callejero, que vendían los puestos informales de los alrededores.
Aquella fue la operación mejor remunerada que tuvieron todos los chicos y Pulido, en eterna gratitud para con su primo Juan Carlos, le regaló un libro de John Le Carré, titulado: EL INFILTRADO.
Era un libro que trataba sobre un agente de la inteligencia británica, que se infiltra en el mundo de un traficante de armas internacional, que vive en un yate, errante por el mundo, siempre en aguas internacionales. Pronto el agente británico, descubre que es absolutamente imposible atraparlo y ponerlo tras las rejas, aunque sí logra, no sólo rescatar al hijo del magnate de las armas de un secuestro, sino que también logra desbaratar una de sus operaciones ilegales de contrabando internacional de armas.
En una ocasión, Pulido tuvo que ir a una oficina, a recoger un cargamento de cientos de dólares, como pago por el alquiler de unos compresores, que se iban a trabajar a una obra en Galápagos. Pulido se acordó de sus antiguos trabajos de mensajero, donde tenía que cobrar facturas y transportar dólares por toda la ciudad.
En una ocasión fue a cobrar una factura fuerte, de muchos dólares y su jefe sólo le había dado un papelito y el jefe de la compañía que tenía que pagar, le recriminaba de manera humillante a Pulido delante de las secretarias:
- ¡Papelitos, papelitos...tráeme una factura, por favor!
Pero siempre terminaba pagando cuando Pulido lo comunicaba por teléfono con su jefe. Al final, Pulido regresaba a la oficina con los bolsillos repletos de dólares.
Muchas veces, a la hora de la salida, y en especial en los fines de semana, los trabajadores se quedaban en el campamento y se disponían a chuparse una o más botellitas de puro, y siempre lo invitaban a Pulido, pero éste los rechazaba suavemente, porque a Pulido no le pasaba el puro ni de broma. Su vicio era el cigarrillo, que no podía dejar, vicio que cada mañana lo obligaba a encender un último cigarrillo, antes de salir a trabajar. Se había convertido en una rutina el hecho de que Pulido jurara y rejurara a sí mismo que dejaría de fumar, pero ante cualquier crisis de ansiedad volvía a encender uno. En una ocasión fue al santuario del hermano Gregorio y le pidió con fervor inaudito que lo librara, que lo curara del vicio. Pero aquella pausa que consiguió en su adicción sólo duró seis meses. Luego, Pulido, con sumo placer, volvió a encender un último cigarrillo.
En una ocasión, mientras estaban trabajando, picando una calle céntrica de la ciudad, la policía se los llevó a todos los obreros detenidos, por un malentendido, y a Pulido le tocaba ir a la cárcel a traerles comida y frazadas para que los muchachos pasaran abrigados toda la noche. Pero tanto su primo como su tío lo hicieron a un lado y ellos se encargaron de resolver el problema, haciéndolo quedar mal delante de los trabajadores. Pero pronto todo aquel ajetreo laboral acabaría, porque Pulido no era un buen controlador del aceite hidráulico de los compresores. Éstos no tenían en perfecto estado los manómetros, y todo había que hacerlo al cálculo o –como hacía el bodeguero-, sacando una muestra de aceite, para ver su estado y así, al ojo, calcular el próximo cambio. Su primo le dio una fuerte repelada en la oficina y lo terminó botando del trabajo, previa una pequeña indemnización. Desde el principio le había dicho que aquel trabajo no lo debía tomar como un favor familiar sino como una responsabilidad seria y que a la menor falla quedaría despedido.
Jasmine

INEPTITUD por Edison Delgado Yepez (Sam Scholl)

 INEPTITUD

POR
SAM SCHOLL
A los poetas Augusto y Solange Rodríguez y a Miguel Antonio Chávez con inmensa gratitud por pedirme que siga escribiendo
Nadie os pide que améis al mundo entero, sino sólo que seáis honestos. No os jactéis de nada. Cuanto más queráis a la gente, tanto más os confundirán. Un niño ama; el adulto respeta. El respeto vale más que el amor.
Saul Bellow
Si en un sentido todos los hombres de cualquier parte habitan el mismo mundo, en otro importante sentido habitan mundos muy diferentes.
John Beattie
Pero las personas ignorantes e infieles que dudan de las escrituras reveladas, no adquieren conciencia de Dios sino que caen. Para el alma que duda no hay felicidad ni en este mundo ni en el otro.
Bhagavad-gita
EL REGRESO DE PULIDO
PROLOGO
Los primitivos creen que todo lo que les sucede es producido por causas divinas; para ellos el mundo místico y el mundo real están profundamente unidos.
Jean Marie Auzias
Querida Madison:
No sabes cuánta falta me has hecho, cuántas noches te he extrañado, sin tener con quien conversar. No sabes cuántas noches he llorado la pérdida de tu foto. Pero ahora que te tengo no te volveré a perder.
Es una cosa increíble cómo las prostitutas se niegan el derecho a experimentar cualquier tipo de placer u orgasmo en su trabajo. En su primitiva mente trastornada, el coito laboral no debe tener un final feliz, es como si tuvieran mutilados los sentimientos.
Pulido besaba con inaudita intensidad la frente empapada de sudor de la bella y joven prostituta. Parecía ser el único lugar donde ella permitía colocar las caricias de Pulido. Joey se esforzaba inútilmente en despertar una pequeña flama de pasión en aquella mujer, obsesionada por poner duro y tieso el miembro viril de Pulido.
Desde el principio hubo problemas técnicos. El pipi de Pulido se resistía a ponerse firme. Para rematar la zorrita interrumpía continuamente la succión, para escupir a un lado de la cama. Esto cortaba el proceso de estímulo sexual de aquella fría y muerta pieza de carne de Joey. Lo más enojoso era la impaciencia silenciosa pero tangible como un bloque de hielo con que aquella mujer masturbaba inútilmente la importante pieza de carne. A veces dirigía sus ojos al techo del estrecho y caluroso cuartito donde yacía la pareja empapada de sudor y llena de miedo a ser sorprendidos.
Cuando ella vio que Pulido se resignó a su impotencia y se empezaba a levantar quedó atontada, desnuda y frágil con las piernas abiertas sobre la cama. Pulido quiso consolarla llenando su rostro de besos tan tiernos como apasionados que patinaban en aquel rostro corrupto y bello, pero traspirado. Ella se resistía a que su cliente se marchara insatisfecho y se debatía, contorsionando el cuerpo, con el ceño fruncido, tratando de agarrar con sus frágiles dedos el húmedo y escurridizo pedazo de carne que colgaba inerte entre las piernas de Pulido para ¡por fin! introducírsela en su calurosa y apretado vientre. A lo lejos se escuchaba la balada You makin lovin fun de los Fletwood Mac.
Todo era inútil y de manera desconsolada repetía con la frente llena de gotas de sudor:
- Es que no se puede, es que no se puede...
Mi relación laboral está al límite.
Pensé en adquirir un cuchillo y matar a este cabrón. Pensé en renunciar y largarme a Salinas. La situación laboral es insoportable...es verdad que necesito el trabajo, pero ¿puedo seguir trabajando bajo estas circunstancias?, la amenaza de muerte es una cosa seria. Este tipo no está bromeando, tiene libre derecho a hablar de mi lo que le da la gana. Me serrucha el piso de frente y me humilla y cuando accidentalmente prueba el chocolate de su propia cuchara me amenaza de muerte.
Hablé con el hombre, lo tranquilicé, le pedí disculpas y le dije que lo respetaba y parece que el hombre comprendió todo y está tranquilo. Ojalá todo se quede frío. Tal vez haya sido necesario este terremoto para que se restablezca el equilibrio. Como dice William Faulkner:
Fijar un límite de tiempo a todo lo que uno hace, determina que un hombre ponga más energía en las cosas; le da fuerzas para subir a la montaña, como quien dice.
Todas las influencias que han gravitado sobre mí, me esperaban al nacer yo, por lo cual os cuento más de ellas que de mí.
Saul Bellow
Por mucho que hagas, la realidad se impone al fin.
John Updike
Escribe, pues, lo que has visto, tanto lo presente como lo que ha de suceder después.
Apocalípsis
Mientras Joey Pulido se encontraba acostado en la hamaca de su patio, escuchaba el sordo, pero también melódico retumbar de las olas sobre la negra orilla de arena. Pensaba, que las madrugadas en Salinas son silenciosas, preñadas de estrellas, como una gran poesía de Robert Frost:
ARROBAMIENTO
La lluvia le dijo al viento:
- Empuja tú que yo azoto-y tanto hirieron el soto Que de las flores altivas, Doblegadas pero vivas, yo sentía el sufrimiento
Noches profundas e inauditas, incomparables como la belleza de sus mujeres cholas. El silencio de la calina del desierto se mezclaba todo con los pensamientos de Joey Pulido y aquello era magnífico, indescriptible como una melodía de Kenny G.
Pulido, con una linterna en la mano, leyó una poesía que acababa de tipear en su máquina de escribir:
TERE & JAN
Me gustan las noches cálidas
de Saigón
Recuerdas el primer beso que te di
en la terraza del Continental
Veníamos del fumadero de opio de la rue d’Ormay
Y te juré amor eterno
Me gusta masturbarte
hasta verte eyacular
Me gusta chuparte apasionadamente
tus pequeños y delicados pezones
¿Te gustaría más con un penecito entre las piernas?
Te recuerdo cuando escucho
a Laura Pausini
¿Era esto lo que querías escribir allá en el 89?
Y yo me reflejo en los celos
y la actitud de mujer ultrajada
de Laurina, la pequeña
Amante de Bel Ami
Todo me recuerda nuestro amor
tus gritos, tu pasión
El río pestilente de Saigón
El tiempo había pasado, pero las cosas no habían cambiado mucho para Pulido y su familia. Su anciana madre sufría de una leve diabetes acompañada de hipertensión que poco a poco iban deteriorando sus vísceras, y todos los días tenía que medicarse con pastillas. Cada vez que veía el rostro de su madre veía la calavera de la muerte. En aquel rostro antes tan bello como amado, ahora, completamente consumido, ya no reconocía el rostro de su madre.
Estas enfermedades las cogió, cuando Pulido sufría de aquellos ataques de locura paranoica, producidos por el bombardeo radial de la música de Oscar de León y toda esa porquería de salsa, que sus enemigos le hacían escuchar. ¿Quienes eran esos enemigos que lo veían a Pulido como un enemigo?, ¿quiénes eran esos tipos que se concentraban en reuniones para acabar por destruir la vida de un hombre de letras?, ¿por qué lo consideraban como una peste y algo de lo peor?, ¿también lo creían un peligro para Latinoamérica?, ¿por qué?, ¿se trataba acaso de una conspiración para matar a Joey Pulido?
Los errores cuestan dinero, se roban el futuro de las personas inspiradas, y a veces hasta cuestan la vida.
El paso del tiempo la había demacrado mucho a la madre de Pulido, convirtiendo su rostro, en el reflejo cruel de una fruta seca, atravesada de mil arrugas. La resignada anciana, pasaba la mayor parte del tiempo acostada frente a la televisión o dormida. Cuando se levantaba de la cama, era para ir a la cocina para tratar de preparar algo de comer, pero siempre terminaba rompiendo vasos transparentes que no veía. Incluso el médico le prohibió salir de la casa sola, porque se caía y se hacía sangrantes heridas en las rodillas. Su única distracción consistía en hablar por teléfono, acostada en su cama, y desde ahí, despotricaba amargamente contra su inútil hijo, su fanática nuera, su mezquino esposo y contra todo el cruel e injusto mundo, el mismo que, poco a poco, se preparaba a abandonar. De vez en cuando escribía poemas tristes, pero hasta esto se acabó, cuando se empezó a quedar ciega. A veces su indómito espíritu le hacía olvidar su situación y se ponía a barrer y terminaba tragando el suficiente polvo como para caer mortalmente enferma de tos, enfermedad que siempre demoraba mucho de curar.
Su esposa, Penélope, había terminado por adaptarse a la vida de miseria que llevaba junto a su marido, por las noches escuchaba las tristes, castradoras y depresivas canciones de Ana Gabriel, Lupita Dalessio, Rocío Jurado, Rocío Durcal, Gloria Estefan, pero no dejaba pasar un día sin recriminarle a su inútil esposo por la falta de dinero para sus hijos y esto ya no enloquecía con depresión a Pulido, sino que lo llenaba de una silenciosa vejez y desesperación. Cuando Pulido no podía soportar más, salía a su pequeño portal a fumar y fumar. Luego miraba hacia las estrellas y le preguntaba a ese Dios en que no creía:
- ¿Por qué permitiste que naciera?, ¿cuál es el sentido de tanto sufrimiento?
Penélope pasaba más tiempo en su iglesia que en la casa y esto volvía loca a la madre y al padre de Pulido, que tenían que lidiar a los dos chicos todo el tiempo. Penélope estaba harta, harta de vivir con un bueno para nada y cada día se sentía más asfixiada.
El padre de Pulido había terminado por aceptar y comprender, la idea de mantener a su hijo Joey y su familia, tal vez, aceptando sin remedio, la idea, de que había engendrado un hijo bobo, que no sabía valerse por sus propios medios.
Pero, en definitiva, nadie de la casa había terminado por aceptar la idea de que Pulido era escritor. Simplemente, su familia no tenía inteligencia ni ojos para ver y comprender la actividad, todo el tiempo y esfuerzo que Joey pasaba sentado frente a la máquina de escribir. Por lo tanto, para poder seguir su vocación literaria, Pulido tenía que usar la máquina en las noches y madrugadas, cuando todos dormían. Después de regresar de Cuenca, Pulido había comenzado y terminado de escribir un manuscrito político titulado: DEMOCRACIA Y LIBERTAD, donde expresaba la necesidad latinoamericana de desbloquear a Cuba, para que el poder democratizador del dólar washingtoniano, penetre en esta civilización dirigida con mano de hierro desde LA HABANA, así como, poco a poco, también la libertad, el turismo y la democracia, para que ablanden el régimen totalitario, que restringía las más mínimas libertades, tanto formales como reales de los cubanos. En definitiva, lo que Pulido quería decir en aquel manuscrito político, el mensaje de auxilio que le mandaba a Washington, era que los cubanos de la isla estaban ansiosos de comprar en los supermercados de Miami, y que lo que querían era la libertad, la cultura, la música, la literatura y toda la filosofía política de los anglosajones y no los soldados, las armas, las directrices explotadoras de Washington. Estados Unidos debía sembrar amor en el corazón de los latinoamericanos para cosecharlo plenamente, pero en vez de eso, hacía todo lo contrario. Latinoamérica no quería de Washington bases militares ni guerras ni armas, lo que quería era que los gringos invirtieran en educación, en salud, en comida gratis para los menesterosos y desamparados, en agricultura y en una cultura de paz.
Más adelante, su escrito señalaba la penosa y desastrosa influencia política de Cuba en el resto de América Latina y el Mundo, al ser el mayor exportador de su nefasta cultura de la pobreza y del odio inexplicable e injusto hacia la cultura y el pueblo estadinense. El pueblo y la cultura anglosajona no podían pagar con odio y terrorismo, todos los platos rotos que provocaban los ignorantes gobernantes de Washington.
En otros capítulos, hablaba sobre la legalización de la marihuana, para disminuir los efectos, que la guerra contra las drogas esparcía por toda la zona andina: migración, fumigaciones nocivas para el pueblo y sus cultivos legales, fuga de cerebros, desplazados, huérfanos, violencia, refugiados, tráfico internacional de armas, secuestros, mutilados por las minas antipersonales, narcoeconomía que no pagaba impuestos al SRI...
Todo su trabajo comenzaba con una cita del profesor John Beattie, que decía así:
Una ley científica no es simplemente la afirmación de una regularidad; es una síntesis teórica que explica una regularidad. No es ni una deducción a partir de principios ya establecidos, ni una inducción a partir de la observación empírica, sino esencialmente, como dice el filósofo Stephen Toulmin, “la adopción de un nuevo enfoque”. Aun cuando tal síntesis puede expresarse en forma de proposición general, lo que tiene de explicativo no es su generalidad, ni tampoco cualquier especie de regularidad de los datos a que se refiere, sino esencialmente la nueva síntesis teórica que propone.
Mientras tanto, en el día, Pulido acudía a su nuevo trabajo como jefe de personal de la constructora de su primo, Juan Carlos. Pulido tenía la responsabilidad de vigilar el suministro del aceite hidráulico a los compresores, que su primo utilizaba, para sus trabajos de demolición y demás actividades de su profesión, como ingeniero civil.
Pulido se divertía con el chofer del pequeño camión de la constructora, llamado Bigotín, intercambiando chistes sexuales, anécdotas púrpuras, historias familiares... Una de aquellas historias, se refería a cierta vez, en que el chofer –después de una sesión de sexo con dos chicas-, se había dedicado a tomarles fotos, mientras estaban desnudas, para después, mandarlas a revelar al quiosco de un chino; cuando las fue a retirar, el dependiente asiático lo llamó a parte y lo repeló, diciéndole: que no vuelva nunca más a su negocio a traerle la foto colupta, porque él tenía un dispositivo de revelado público, que aparecía, foto por foto, en el escaparate, y esto había traído la aglomeración de un pocotón de gente, y hasta de la policía, y casi le cierran el negocio de revelado fotográfico al chino. Todos se mataban de la risa con aquella anécdota.
A aquel chofer le gustaba fumar base en las noches, acompañado de su chatita de puro. Pulido lo miraba con comprensión, porque el lugar donde él vivía, era un cuartito por demás encerrado, sin ventilación, sucio, húmedo y miserable. Pulido pensó que había que fumar droga para poder aceptar la idea de tener que vivir en aquel reducido espacio, siempre húmedo, triste, monótono y rodeado de toda clase de atrocidades y de mal vivientes.
Luego estaba el jefe de mecánicos y de bodega, Pellejo de bolsa, que parecía sólo tener mente para la mariconada y afirmaba, muy suelto de huesos, “que un hombre no estaba completo si en su vida nunca se había tirado un culo macho”.